martes, 3 de julio de 2012

Liubliana, Eduardo Sánchez Rugeles

Liubliana
Eduardo Sánchez Rugeles

 

Confieso que he olvidado mi trato con este blog. A pesar de que no he parado de leer, he descuidado la rutina de escribir mi opinión sobre los libros.

Hace unas semanas me terminé Liubliana, no puedo evitar pensar que este nombre me parece exageradamente complicada. Jajaja! Aun así, con su título raro, amé este libro.

Eduardo Sánchez Rugeles tiene una gran habilidad para describir el exilio. Que en mi opinión es lo más duro de sus libros. En este relato se nota la madurez del autor, no soy quien para decir cuando un escritor es maduro o inmaduro, lo que quiero decir es que en ese libro se siente otro tipo de narración, más seria.

Rugeles hace una descripción sumamente interesante sobre el Latinoamericano, me hizo pensar mucho, se las dejo más abajo:

“¿Tú sabes cuál es el problema de América, Guerrero? El complejo. Somos unos acomplejados. Eso es todo. No es España ni los Estados Unidos quienes nos señalan y nos dicen: ustedes son mestizos y son brutos o ustedes son indios y son brutos. ¡No! Somos nosotros los que no nos tenemos fe, los que luchamos contra nosotros mismos, los que no soportamos que uno solo de los nuestros tenga una opinión diferente, mucho menos éxito. Lamentablemente, en América Latina los políticos y los académicos han hecho de la quejadera un paradigma. Esta gente sigue pensando que los responsables de los problemas contemporáneos, la pobreza extrema, la exclusión y la miseria son Hernán Cortés y Cristóbal Colón. Así lo enseñan en las escuelas; tras doscientos años de vida independiente a nadie se le ocurre asumir la responsabilidad.

…El complejo, la convicción de nulidad, la debilidad como principio, el saberte limitado por tu condición de vencido, el saber que, a menos que prive un criterio de eso que llaman discriminación positiva, perdimos el partido. Yo, Guerrero, con humildad y modestia, sin afán de polémica, tengo una opinión muy personal sobre lo que significa ser latinoamericano. Puedo decírtela sin terminologías extrañas, sonetos forzados o recetas de vida. Es algo muy sencillo: ser latinoamericano es, simplemente, saber que en cualquier momento te pueden joder”. (Páginas: 177, 178 y 179)

¿Cómo explicar lo que se siente al leer cada frase de este libro?

Sus relatos son descripciones cercanas a las realidades que viven muchas sociedades. El exilio no lo vivimos solamente los venezolanos, es una condición de cualquier persona, de aquel que se considere ciudadano. He llegado a pensar que la tierra, el arraigo, el nacionalismo no lo hace el lugar en que naciste, personalmente no me siento totalmente identificada con mi sociedad, no significa que no la quiera, pero más allá de eso, no la siento mía. No entiendo como podemos funcionar sin reglas, sin rumbo. Para mí esto es un limbo, y particularmente me disgusta muchísimo sentirme perdida.

Y sobre el exilio, Eduardo Sánchez Rugeles, a  través de Gabriel dice lo siguiente: “el exilio está ensamblado sobre la base de un mito: el resto del mundo es un lugar mejor. Me fui de Venezuela con la convicción de que hacía lo correcto. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que Caracas, como un cáncer inoperable, estaba enredada en lo más profundo de mi memoria. Mi Caracas, lo sé, es una geografía fragmentaria, incompleta, tendenciosa. Me costó entender que la tragedia del exilio la escriben las cosas invisibles, los pequeños detalles que pasan desapercibidos. No todo el mundo se da cuenta de que lo que duele, lo que se echa de menos, es la belleza espontánea de lo insignificante. (Página: 206 y 207)

“Quizas- me dije- aquello que llamamos hogar solo sea una invención de la memoria” (Página: 324)

Recomiendo este libro, lo repito para que quede claro: RECOMIENDO la lectura de este libro porque su escritura es hermosa, su relación con la música es original, porque el soundtrack conmueve el corazón de cualquiera, porque lo cercano, lo contemporáneo pega en lo más hondo y muchas veces lo ignoramos por miedo, con Liubliana no hay escape o lo enfrentas o lo enfrentas.

Porque la muerte de Gabriel, como la describe Rugeles, es un laberinto del recuerdo. Porque el amor que vive Gabriel con Carla, es el amor de hoy en día, fugaz, solitario, lleno de pasión y sin sustancia, lleno de complejos y de inestabilidad, de "ya veremos", "de no sé", "tal vez", de indiferencia. Es así: “nuestros cómo estás eran preguntas aprendidas que cualquiera de los dos respondía con automáticos bien y tú. Mi presencia parecía incomodarle; me miraba con miedo, quizás con ladilla” (Página: 86)

Pero a su vez, Gabriel no logra sobrellevar este amor efímero que le brindó Carla, se queda ahí, esperando que regrese: “Mi propósito es claro: le vendería el alma al diablo, a cualquier diablo, para que me devuelva la serenidad de aquel abrazo; quiero vivir ahí, permanecer hasta el último día en esa baranda, a la sombra de los dragones, hacerme viejo en su regazo. A pesar de la búsqueda, nunca he encontrado al demonio; la figura más parecida al Mal aparece todos los días abandonada en el espejo, pero se trata de un diablo impotente, de un disfraz de Satanás hecho con pana y pabilo, de un aprendiz de mago sin esclavos, tridente ni infierno, de un ángel caído que no sabe hacer fuego” (Página: 126).