jueves, 2 de agosto de 2012

Caracas muerde, Héctor Torres

Caracas muerde
Héctor Torres

 


Antes de escribir el análisis de este libro, releí el objetivo de este blog.

Hace unos meses escribí que este espacio tendría el propósito de ayudarme a adquirir una perspectiva diferente en cuanto a la literatura, y sí que lo ha logrado.

Durante estos meses me deleité con varios libros venezolanos. Definitivamente me gusta como escriben estos autores, tienen una chispa para contar la cotidianidad venezolana que me encanta.

También he llegado a darme cuenta que me gusta muchísimo la literatura contemporánea. Como son tan cercanos los relatos, hacen que sean más creíbles, más llamativos. Me meto en la historia como si fuese parte de ella. Así me pasó con Caracas muerde, de Héctor Torres, este libro es una recopilación de cuentos cortos, muy amenos para la lectura y sencillos.

Este libro me gustó, aunque no era lo que me imaginaba. Creo que Héctor Torres quiere contar lo que vive el ciudadano común a diario, también la simpatía y la personalidad del venezolano.

Descripciones en el libro sobre varios temas que me llamaron la atención:

- País sin reglas:

“Caracas carece de una disposición que la haga comprensible. La única lógica a la que atiende es la de las leyes urbanas, intuiciones y prejuicios de sus habitantes. Ocupando un mismo valle, viven en ciudades superpuestas que no se comunican entre sí”. (Página 14)

- Fragmento de mi cuento favorito de este libro:

“Sabiduría, llaman a esa capacidad de recordar lo bueno y lo malo, y de encontrar siempre la manera de quedar con saldo a favor” (Página: 82)

- Descripción de la ciudad:

“La gente en Caracas está cansada de la violencia, lo que pasa es que a veces la propicia sin saberlo,
a)      porque está imbuida en esa cultura,
b)      porque no puede evitarlo,
c)      porque no se da cuenta, o
d)     simplemente porque no sabe que debe desprogramarse de esa búsqueda. E incluso,
e)      por todas las anteriores.” (Página 140)

“A Caracas no se le habita, se la padece. Para atravesarla de punta a punta del reloj es conveniente sumergirse en cualquiera de las recetas del aturdimiento. La idea, después todo, es padecerla creyendo que se la disfruta. Está, por ejemplo, extraviarse en el soundtrack del Ipod a volumen bestial. Está el monte, la pega, el alcohol. Está la temeridad de la ostentación: una Avalancha tan larga como su inseguridad, una BMW poderosa y veloz, una pistola, una cara de duro dentro de una chaqueta de cuero. O pincharse en las venas las Líneas del Poseso para colmarse de odio. También se puede subir a la acera con todo y carro, tocar corneta con impaciencia, comerse las luces del semáforo o ejercer cualquier modo de irracionalidad que ayude a andar por el filo perpetuo, con el vacío a un costado y la muerte al otro.

           O beber de la euforia suicida. Esa que se activa los viernes tras el santo y seña del “¿qué hay pa’ esta noche?”. La que no conoce peligro, inflación, crisis, ni parece asistir al streaptease más demorado que se conozca en los anles de las dictaduras”. (Página: 151)  

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